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El Día del Deber Ciudadano por la Seguridad constituye una fecha de especial relevancia jurídica, en tanto permite reflexionar sobre la seguridad pública como bien jurídico colectivo y sobre la corresponsabilidad entre el Estado y la ciudadanía en su protección y preservación, dentro del marco del Estado de Derecho.
Desde la perspectiva constitucional, la seguridad es reconocida como un derecho fundamental de las personas y, simultáneamente, como una función esencial e indelegable del Estado, orientada a garantizar la paz social, el orden público y la protección efectiva de la vida, la libertad y el patrimonio. No obstante, los ordenamientos jurídicos contemporáneos coinciden en que la eficacia de dicha función no puede lograrse sin la participación activa y responsable de la sociedad civil.
En este sentido, el deber ciudadano por la seguridad encuentra fundamento en los principios de legalidad, solidaridad social, cooperación y bien común, los cuales imponen a las personas la obligación de respetar el orden jurídico vigente y de colaborar con las autoridades competentes en la prevención, denuncia y esclarecimiento de hechos ilícitos. Dichos deberes se materializan, entre otros aspectos, en:
el acatamiento de las normas penales, administrativas y contravencionales;
la denuncia de conductas que lesionen bienes jurídicos protegidos;
la cooperación con las fuerzas de seguridad y el sistema de justicia;
y el ejercicio responsable de los derechos, evitando abusos que afecten la seguridad colectiva.
Desde el punto de vista del Derecho Penal, la seguridad se tutela mediante la protección de bienes jurídicos esenciales, sancionando conductas que atentan contra el orden público y la convivencia social. Paralelamente, el Derecho Administrativo y el Derecho Constitucional regulan los mecanismos de actuación estatal en materia de seguridad, estableciendo límites y controles destinados a garantizar que dichas funciones se ejerzan con pleno respeto a los derechos humanos y a las garantías fundamentales.
Esta efeméride jurídica pone de relieve que la seguridad no puede concebirse únicamente como una política represiva, sino como una construcción democrática, sustentada en la prevención, la educación cívica y la participación ciudadana. En consecuencia, el deber ciudadano por la seguridad se erige como un componente esencial de la ciudadanía activa, reforzando la legitimidad institucional y contribuyendo al fortalecimiento del orden constitucional y de la confianza social.
El 01 de septiembre, en definitiva, invita a reafirmar que la seguridad es un derecho humano fundamental, pero también una obligación compartida, cuya efectividad depende del compromiso conjunto del Estado y de la sociedad en la consolidación de una convivencia pacífica, justa y respetuosa del marco legal vigente.
